
Alphonse Beau de Rochas realizó en 1862 un experimento que consistía en preparar una cámara de combustión formada por un cilindro cerrado por una culata y un pistón e introducir en ella, a través de una válvula de admisión, una mezcla gaseosa explosiva de aire y gasolina. Si se ejerce una presión sobre los gases haciendo bajar el pistón y se hace saltar una chispa eléctrica en el interior de la mezcla se produce una explosión acompañada con el crecimiento del volumen de los gases. Bajo esta presión, el pistón es inmediatamente rechazado de modo violento. Cuando el pistón vuelve a su posición inicial, los gases producidos en la combustión son expulsados a través de una válvula de escape.
El pistón vuelve a aspirar gases, a comprimirlos, a ser apartado por la explosión y a expulsarlos en un ciclo que puede repetirse indefinidamente, dando lugar a un motor que puede mover un vehículo. Sólo es necesario transformar el movimiento alternativo del pistón en un movimiento de rotación mediante una biela articulada sobre el eje de un cigüeñal, provisto de volante y conectado a las ruedas por un sistema de transmisión.
Los motores de explosión funcionan en ciclos de cuatro tiempos y disponen de cilindros que mejoran la regularidad del motor y permiten que el volante almacene menos energía, permitiendo la reducción de su tamaño.