En septiembre de 1815, tras la derrota final de Napoleón, los reyes de Rusia, Austria y Prusia, últimos exponentes del Antiguo Régimen, firmaron en París un tratado para constituir la Muy Santa e Indivisible Trinidad. Era un acuerdo político y religioso mediante el cual los monarcas se comprometieron a ayudarse en caso de insurrecciones populares.
El Congreso de Viena, congregado con la finalidad de acabar con la amenaza que Napoleón suponía para toda Europa, no garantizaba de ningún modo la pervivencia de las antiguas formas políticas que defendían los monarcas absolutos. Por ello, Alejandro I (representante de la religión cristiana ortodoxa), Francisco I (de la católica) y Federico Guillermo III (de la protestante) establecieron una unión que pudiera asegurar que en sus reinos no se repitiera lo ocurrido durante la Revolución Francesa. Los monarcas querían aunar religión y política para insistir en la idea medieval de que el rey lo era por gracia de Dios, y que no había ningún otro poder válido.