
Llamamos astronomía clásica a la desarrollada entre los siglos XVI y XVIII, tras la propuesta que hizo Copérnico, en 1543, de un sistema del universo según el cual la Tierra y el resto de planetas giran alrededor del Sol, que permanece inmóvil en el centro del sistema.
Entre 1609 y 1619 Kepler, partiendo de esta concepción del mundo, formuló las leyes del movimiento de los planetas y Galileo aplicó por primera vez el uso de dispositivos en la observación del universo (en su caso, el anteojo de aproximación), algo que le permitió realizar numerosos descubrimientos. Finalmente, Newton estableció las leyes fundamentales de la mecánica celeste en 1687, deduciendo gracias a las leyes de Kepler y la mecánica celeste de Galileo el principio de la gravitación universal. A partir de este momento fue posible explicar y calcular con exactitud los movimientos de la Luna, de los planetas y de los cometas.
La predicción de Halley de la vuelta del cometa que lleva su nombre (hecha con 75 años de antelación) supuso la confirmación de la validez de las teorías de Newton y de la mecánica celeste, que vio su consagración con el descubrimiento, en 1846, de Neptuno en la posición que el cálculo había previsto.