
Los girasoles, de Vincent van Gogh (1853-1890) son una de las obras de arte más reproducidas recientemente. A pesar de que su autor no consiguió vender más que un cuadro mientras estaba vivo (a su hermano), sus obras han alcanzado precios sin precedentes en las subastas de arte y se exhiben en los mayores museos del mundo.
Según el propio pintor, durante el verano de 1888 en Arles se le ocurrió la idea de pintar algunas series de cuadros con los girasoles como tema central. Su propósito era utilizar estas pinturas como mera decoración en la cual el fuerte amarillo de las flores contrastaría en una variedad de fondos verdes y azules.
En la mente de van Gogh, los girasoles se convierten ellos mismos en pequeños soles agresivos, cortantes, sobre unos tallos retorcidos que sobresalen (o escapan, agobiados) de un jarrón bicolor de tonos amarillos y terrosos. Para separar los colores, tanto del jarrón como del fondo (colores similares, pero invertidos), van Gogh usa una línea de azul puro. Este azul, parece haber sido elegido de forma arbitraria, pero, a pesar de ello, consigue producir un efecto impactante que intensifica los amarillos y dorados puros del cuadro. Todo un grito a la locura de la luz y los colores.