
El término Impresionismo fue acuñado en 1874 por Leroy, un crítico de arte, que se refirió despectivamente a una exposición de jóvenes artistas en la Galería Nadar. Los representantes más destacados del impresionismo puro, de muy corta duración (unos diez años), fueron Monet, Degas, Renoir, Manet, Sisley, Pissarro y Cézanne. En 1884 se iniciaron el neoimpresionismo y el postimpresionismo, orientados a la recuperación de la forma, aunque ésta ya había dejado para siempre de ser objetiva y sería representada a través de la interpretación personal del pintor (Seurat, Van Gogh, Cézanne, Gauguin y Tolouse-Lautrec fueron sus máximos exponentes).
La máxima preocupación del impresionismo es la plasmación de la luz y del color, que, según este movimiento, son los factores que realmente dan entidad a las formas cambiantes de los objetos. Son artistas que suelen pintar en el exterior para poder recoger los efectos de la luz natural y los reflejos que produce el agua, intentando captar instantes fugaces en los que el tema y la composición no son tan importantes como el color.
Las pinceladas son vigorosas, cortas y sueltas, empleando colores puros que no se mezclan en la paleta sino en el propio cuadro: será el espectador quien consiga dar sentido a esas manchas de color yuxtapuestas, percibiendo los matices pensados y observados por el artista. El único color que no se usa es el negro (la ausencia de color), ya que para ellos incluso la oscuridad está compuesta por colores.
Los impresionistas consideran sus cuadros como algo inacabado que el espectador debe acabar de construir. De este modo, la relación entre el pintor y el espectador cambia radicalmente. La pintura es interesante como resultado plástico, no por su tema, apartándose así tanto del gusto oficial como del popular, totalmente figurativos, ya que era profundamente intelectual y difícil de interpretar.