
El Templo de Jerusalén era la base de la religión judía y el único lugar en el que Dios habitaba, desde que lo construyó Salomón (siglo X a C). Anteriormente, sobre el monte Garizín, se edificó otro templo, pero esto supuso el cisma entre samaritanos y judíos, ya que estos últimos no aceptaban la santidad del templo del monte.
Durante el reinado de Manasés (696 a C), en el templo se adoraron divinidades asirias, hasta que, hacia el 621 a C, Josías intentó reformar los cultos religiosos, basándose en el Libro del Deuteronomio, encontrado durante unos trabajos en el templo. Tras la victoria de Nabucodonosor II, el 587 a C, el templo, el palacio y las murallas de Jerusalén fueron destruidos como castigo por el levantamiento judío contra Babilonia. Aproximadamente 50 años más tarde, Ciro II autorizó la reconstrucción del templo, pero el 167 a C Antíoco IV ordenó que fuera consagrado a Zeus Olímpico... El pueblo judío lo recuperó tras la rebelión de Judas Macabeo.
Durante la ocupación romana, el templo que existía era el tercero de la historia de Israel: el 20 a C, Herodes el Grande había iniciado la reconstrucción del templo, que fue terminada el 64 de nuestra era.
Este edificio estaba situado en el interior de una serie de patios y se encontraba cercado por una muralla de trece metros de altura. El área de alrededor del templo estaba dividida en atrios: el de los sacerdotes, el de los hombres, el de las mujeres... El que se encontraba más cerca del exterior era el llamado de los gentiles y era accesible a todos; se encontraba rodeado de un pórtico y dependía de un terraplén y un muro de contención (parte de éste es el actual Muro de las Lamentaciones). Los gentiles tenían prohibida la entrada en lo que se consideraba propiamente el recinto del templo, bajo pena de muerte.
El año 70 de nuestra era, Tito Flavio arrasó el templo, con una gran multitud de judíos en su interior, igual que Nabucodonosor había hecho antes.